28 de marzo de 2017

DCCCIV.- Piedad de nosotros



La televisión que agoniza se une para exhalar nuestro último suspiro y, con evidente afán de lucro, en inaudita y penosa cadena nacional, muestra irresponsable la fétida entraña de esta medieval vulgaridad chilena, que pierde la cabeza creyendo que llevan al jorobado ante su cadalso.
Un gendarme repentinamente se convierte en Kevin Costner, centurión amanerado y nervioso que, ametralladora en mano, protege al condenado de la luz del sol.

El procurador anodino y famoso por sus malas artes, monta un espectáculo circense en la explanada del Mall del Crimen, se lava las manos sin misericordia en la pileta de una plaza, atestada otra vez de esos curiosos e ignorantes que lograron entrar al sanedrín donde una jueza, que también parece haber perdido el decoro profesional ante las cámaras, se rinde como Alicia y el conejo a la locura general, convirtiéndose en el Caifás de una farsa vulgar y demente, cegada por el brillo estridente del ruidoso cuchillo de una guillotina imaginaria.
Y el único que se mantuvo digno y centrado, divirtiéndose callado como el gato de Cheschire, mirándonos a todos desde la copa de un árbol, fue Garay: el loco mentiroso que entró a Jerusalén montado en un asno, el sinvergüenza resentido que nos estafó, el rey de los judíos que vino a redimirnos, el charlatán que nos extravió, el codero de Dios, que quita el pecado del mundo.
Una pausa, y ya volvemos..

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