6 de noviembre de 2016

DCCXCI.- No sé cómo llamarlo



Erguido en la superficie 
del frío mar sereno,
es bueno alzar de nuevo 
y en asombro la mirada.

Atar con ambas niñas
lo cóncavo del mundo:
bailar en su murmullo, 
soñando y contemplar.

Vivir.

Y es allí, donde cientos de miles 
y miles de millones de latidos:
son gemidos de la luz en su comparsa
que no ha dejado de mirarnos jamás.

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