14 de julio de 2007

CXCIII.- Vueltas al Sol


Me gusta decir que le he dado 43 vueltas al sol. Comencé a darlas el verano de 1972, cuando mi madre descubrió, desafortunadamente, que la T de cobre era puro cuento y, felizmente, que yo vivía en su vientre. El 18 de octubre es poco memorable. Si se tiene en cuenta que ese día murió Ortega, en 1955, o Thomas Alva Edison, en 1931; que nació Martina Navratilova, en 1956, o Isabel Allende, en 1942, parece ser un día sin mayores consecuencias prácticas. Pero es claramente memorable, si se considera que en 1904 comenzó, oficialmente, la famosa “mediterraneidad boliviana".

Soy el segundo de cuatro hermanos, ninguno de los cuales fue esperado, ni menos deseado. Pero mi vieja los parió a todos. De hecho, interrumpió sus estudios en el Pedagógico de Playa Ancha –donde había conocido a mi viejo- y se casó con él en 1969, para parir en regla a mi hermana mayor que, luego de nacida, en mayo de 1970, vio que toda la parentela se trasladaba a Iquique, siguiendo el sueño de mi abuelo materno, Julio Arriagada Riquelme, químico de profesión y cantante frustrado de tonadas, que había sido nombrado para un cargo ejecutivo en CORPESCA. En mi familia siempre oí decir que mi abuelo era descendiente de O’Higgins. La Goga, incluso, esperaba recibir una improbable herencia merced a tal prosapia, respecto de cuya efectividad insistía, considerando el segundo apellido de su marido, el hecho de que había nacido en Chillán Viejo en 1918 -cien años después de la Independencia- y que, para colmo, había visto la luz el 20 de agosto, un día ciertamente memorable.

Nací en medio de un paro nacional, pero debí haber provocado la alegría de mi padre, que entonces hacía clases en la sede iquiqueña de la Universidad de Chile y estaba a punto de convertirse en Secretario Regional del Frente de Trabajadores Revolucionarios de Tarapacá, o algo así. No alcancé a darle mi primera vuelta al sol cuando dejó abruptamente de ser el Secretario Regional de tan revolucionario frente. No recuerdo, naturalmente, lo que pasó una mañana de diciembre de 1973, pero me han contado que unos militares fueron a buscarlo a la casa y se lo llevaron, al cabo de unos días, a Pisagua, histórica caleta de pescadores donde pasó casi un año. Allí estuvo a cargo de varias actividades artísticas, fue salvajemente torturado y conoció a quienes iban a convertirse, con los años, en amigos entrañables para el resto de su vida.

A mediados de 1974, fue condenado en un Consejo de Guerra como autor del delito de porte de arma de fuego. Debíamos, entonces, volver. Estuvo relegado en Casablanca durante un año, parece. Cuando mi padre terminó de cumplir la pena, mi madre llevaba en su vientre a mi mejor amigo, Camilo Aravena. Con él allí y con el resto de la familia, volvimos a Iquique en 1975.

Llegamos a una casa blanca, hermosa y grande, en la calle Riquelme, donde vivían mis abuelos. Es la primera de la que tengo memoria. Don Julio Arriagada había jubilado por esos años. Dos hemorragias cerebrales le provocaron una hemiplejia tan severa que, desde entonces, sólo mi abuela le entendía lo que decía. Yo a veces le entendía algo, pero casi nada.

Iquique está unido a mí como la raíz al tallo, y siempre -indefectiblemente- vuelvo a reconocer en mis sueños las calles ardientes, las barandas oxidadas, los arenales infinitos y la eterna camanchaca bajo el sol. Al compás de cada melódica emoción, reviven preñando mis ojos cerrados cientos de niños que corren junto a mí detrás de una negra pelota de fútbol. Y así, recuerdo, por ejemplo, que todas las empresas, todos los colegios, todas las pesqueras, preparaban su carro alegórico a comienzos de diciembre; y montaban un navideño espectáculo sincrético sobre un cohete, alrededor del galeón, o simplemente de pie, donde se instalaba en una tarima, megáfono en mano, el viejo pascuero que pronunciaba una bendición navideña pop, de parte del sindicato. Los mismos niños que vienen gritando dentro de mis lágrimas, olvidan por un segundo el balón en medio de la cancha, y se van detrás de la huella luminosa de los caramelos dibujados cual hilera de migajas doradas sobre el pavimento: la estela que seguía al barco pirata donde el gordo patrón de pesca se alejaba sufriendo el horroroso calor de su nórdico y absurdo traje rojo con mangas de algodón.

Una mañana sentí que mi viejo me llamaba desde el otro lado del pasillo. Algo pasaba. Cuando llegué a la puerta, estaba esperándome el viejo pascuero del Polo Sur. Lloré desconsoladamente porque sabía que detrás de esa barba de nylon, y bajo ese Traje Zofri, estaba Máximo; porque no quería confirmar que realmente era un fraude, no él, sino todo. Porque no quería dejar de creer, me llenó de lágrimas la cara el horror. Debí haber provocado pavor en Máximo, que puso el regalo en mis manos, creyendo que con eso convertiría mágicamente el desconsuelo en risas. Es curioso cómo el miedoso escepticismo de los niños, se refleja en los adultos como ingenua credulidad. Pero mi llanto de horror se perdió hasta el final del pasillo y, junto a mi llanto, me perdí.


Entré a la pieza de la Delia. Había una fragancia de puta, como decía el papá. Una cortina de seda barata, separaba oscuros ámbitos inconclusos de otros más oscuros. Pero tenían el mismo fragor rosado, donde la Delia se recostaba como elefanta caprichosa, atrevida; mujer.


Siempre volví a soñar caminando por aquel pasillo, metiéndome a sus piezas, en que dormía Eduardo con la Sonia, y en que el Manuel José Provoste golpeaba la meza con el cacho de cuero, miraba a todo el ancho del mundo y, al cabo, posaba su ademán en mi padre: "Yo te digo a ti: dos cuadras".

Una noche desperté con el viento de mi sueño agitado. Me levanté y descubrí que venía Alguien; que venía siguiéndome Alguien; que sus pisadas se oían imperturbablemente viniendo; que hiciese lo que fuese y fuese donde quisiese, me alcanzaría por fin. Corrí hinchando mi corazón de viento miedo, y me fui hasta el patio. Había un pimiento gigante, un jardín de gladiolos y una pieza al fondo. La puerta estaba abierta. Si entraba y la cerraba, antes de que entrase Alguien, estaba a salvo. Pero no había caso: aunque cerrase y me escondiese en un lugar imposible, dentro de la pieza cerrada, Alguien llegaba para atraparme. La muerte detrás de la puerta, que siempre me alcanzaría.

Para evitarlo todo, había que cerrar con fuerza los ojos y pensar en la nada nocturna que esa fuerza llevaba dentro. Y al cabo desperté. Don Julio roncaba con la boca abierta. La Goga me daba la espalda. Miré el reloj. Traté de dormir, pero seguí mirándolo todo. Sabía que si me dormía otra vez, Alguien me estaría esperando.

Pues bien, una mañana de 1976, salí de la hermosa casa de Riquelme, peinado y muy bien vestido, con destino incierto. Luego de algunas horas, todo el mundo corría desesperado sin saber qué hacer: “¿Dónde se habrá ido Pedrito?” Mi padre no quería llamar a Carabineros y prefirió salir a buscarme a la calle. Pero, tal como Papelucho, no estaba perdido en ningún caso. Mi hermana mayor me había visto, al fin: “¡El Pedrito está saliendo en la tele!”, gritó. Y era cierto. Caminando había llegado hasta una vieja casona de la calle Baquedano desde donde se emitía, por aquellos años, la señal de televisión de la Universidad del Norte. Entré al canal, caminé por un pasillo gigante y me metí en un estudio pequeño y oscuro donde se grababa el “Show de Pipo”, un payaso definitivamente carismático que me incluyó en el programa, jugó conmigo y se preguntaba, frente a las pantallas, de dónde había salido este pecoso. Mi padre, que llegó al “Canal 12” al poco rato, para rescatar a su pecoso que no quería volver a la casa, fue contratado un mes después como ejecutivo de publicidad para la Corporación de Televisión de la Universidad del Norte.

Al año siguiente nació mi hermana menor y se completó la familia. Al menos, desde entonces, mi madre descubrió que las pastillas eran un método anticonceptivo plenamente seguro.

El 28 de junio de 1978 había que despertar como a las cinco de la mañana: Martín Vargas disputaría el título mundial, al otro lado del mundo, contra Yoko Gushiken, el campeón de la categoría mosca. El reloj sonó a las cinco de la mañana. Carcuro gritaba como nunca. Vargas se mostraba nervioso. Fue noqueado en los primeros rounds, si no en el primero. A las 6 de la mañana ya estaba durmiendo de nuevo.

Esa misma noche atropellaron al Blacky frente al Nepe. La Yeye me contó. Fue injusto. Nunca supe quién lo mató ni tampoco dónde lo enterraron.

Tres meses después, el recuerdo del Blacky había sido borrado definitivamente por la llegada de la Sindy. Por esos días celebré mi cumpleaños. Mi papá me regaló un carné de socio de Deportes Iquique. Llegaron el Raúl, su hermano Marcelo y otros varios amigos de la época. Yo había invitado al Moisés, pero no fue.

Ya en esa época, íbamos con mis padres y Eduardo al estadio, todos los domingos. El Club de Deportes Iquique, fundado el 21 de mayo de ese año, a partir de un equipo amateur cuyo nombre no recuerdo, había ganado el campeonato de segunda división 1978 sin perder ni un solo partido en casa.
En sus primeros años en Primera División, el equipo estuvo a punto de descender. Recuerdo vívidamente una liguilla de promoción, que se disputó completa en el Estadio Municipal. Los dragones jugaron con La Serena el último encuentro: un partido inmenso, que empataron a un gol. Torino empató a cinco minutos del final con un tiro libre desde casi 40 metros. Los mismos jugadores de Deportes Iquique lo felicitaban en volandas, cuando todo había concluido. Su gol, su empate, había permitido que La Serena -y no Aviación- accediera al fútbol de honor y que Iquique no bajara a segunda.

Mi padre tuvo mucho éxito en el canal 12. Se convirtió en algo así como un asistente de producción y participó en programas excelentes. Recuerdo muy bien el montaje televisivo que hizo el canal 12 de Jesucristo Superestrella, la Opera Rock que, en su versión en español, se grabó en un pueblo perdido de la pampa del Tamarugal, cuyo nombre no recuerdo. Desde entonces, este marxista y ateo, que de ateo tenía poco y de marxista menos, acaso inconscientemente, comenzó a inculcarme el conocimiento de la persona de Cristo. Un Cristo personal, naturalmente, como el que le sirve a muchos hombres sin fe para decir humildemente que son cristianos, simplemente porque se imaginan que Jesús de Nazaret era un buen chato. Años después, escribí lleno de convicción la memoria con que me gradué de Licenciado en Ciencias Jurídicas, y que llevó por título: “La censura en Chile del Filme La Última Tentación de Cristo". 

El Nono hizo de mí el protagonista de varios segmentos publicitarios. Será siempre inolvidable para mucha gente el spot dedicado a la creación de la Villa Magisterio, en la zona sur de Iquique. Era un breve cuadro donde estaba yo, dibujando una casa sentado en el comedor y, frente a mí, un tipo de barba que fingía ser mi papá. De pronto, miro al sujeto y le digo: "Papá, ¿cuando vamos a tener una casa propia, para poder vivir allí tranquilos, sin tener que pagar arriendo para siempre?". El tipo nunca me respondió. En ese momento comenzaba la invitación para todos los profesores a participar en el subsidio y cumplir el sueño de la casa propia. El caso es que todo el mundo en Iquique vio ese comercial. Y al poco tiempo, descubrí que en la calle me reconocían, que en el colegio se reían de mí, y que los niños sabían muy bien quién era yo, antes de saber mi nombre. Y cuando iba en el colectivo, asomado a la ventana, desde la vereda me gritaban: "¡Buena, Casa Propia!". Y los niños que volvían de la calle, con los caramelos en sus manos y la boca azucarada, me miraban preguntándose: "¿Por qué nunca persigues al viejo pascuero, Casa Propia?". Desde entonces, en Iquique siempre fui el Casa Propia. Es el apodo más extraño de todos los tiempos, pero incluso hoy, si me encuentro con los que entonces jugaban a la pelota conmigo, me dirán: "¡Avísale, puh, Casa Propia!". El Casa Propia.

Durante mi niñez recuerdo haber salido de paseo a la playa muchísimas veces. Al sur de Iquique hay un extenso litoral inexplorado, lleno de radas y balnearios increíbles, algunos de muy difícil acceso. Perdido entre la roca, muchas veces acompañaba al único hijo varón de Don Julio Arriagada, mi tío Eduardo, y a mi padre, cada vez que salían a pescar. Siendo niño, en ese entonces, a fines de los 80, descubrí que me encantaba soñar despierto mil historias en las que siempre era el imbatible héroe melancólico que triunfa. Recorrí varias veces la negra y solitaria ballenera abandonada, lleno de pensamientos insostenibles, callado bajo el sol, mientras mi padre se las daba de pescador consumado.

Indefectiblemente, volvía de esos paseos a mi casa quemado hasta los pies, insolado y sufriendo mi propia imprevisión de piel blanca. Cierta vez, en Playa Blanca, partió conmigo y con un chope en la mano, mi viejo, que se metió entre unas rocas por donde la ola implacable reventaba bulliciosa. Volvimos felices con dos sacos llenos de lo que mi padre creía eran lapas. ¡Un festín nos esperaba esa noche! Pero al llegar a las carpas, descubrió triste y desconsolado, en medio de las burlas familiares, que los dos sacos estaban llenos de apretadores, unos incomibles invertebrados prehistóricos que no sirven ni de carnada. Finalmente volvimos a la casa, sin moluscos ni pescados, pero yo iba feliz como niño de teta y quemado como pancora.

La Sindy tuvo 6 hijos. El más divertido era el Idiota, que refunfuñaba solo, con los ojos cerrados, buscando a tientas la teta peluda, abierto el hocico rosado. No recuerdo cómo ni donde murió la Sindy, porque a fines de año, partimos una mañana, en dos autos.

Nos fuimos nuevamente, en 1981, esta vez a Santiago, siguiendo mi padre la incierta promesa de trabajar como jefe de publicidad en el canal de la Universidad Católica de Valparaíso. Su sueño se frustró muy pronto y vivimos así, todos, la cruda carga de su cesantía durante todo ese año inolvidable. De esa época son mis primeros recuerdos de vendedor de chilenitos, en Nuñoa. Recorría todos los edificios del barrio donde vivíamos, cerca del Estadio Nacional, llevando una bandeja llena de unos pasteles deliciosos, hechos con hoja fina, rellenos de manjar almibarado con ron y cubiertos del betún que sólo mi madre sabía preparar, y cuya receta había aprendido de una tía, durante el año de relegación que mi padre sufrió en Casablanca. Dejaba con cuidado los pasteles en el suelo y golpeaba. Antes que la gente, temerosa -en esos años-, abriera la puerta de sus departamentos, me agachaba, tomaba la bandeja y decía: "¿Quiere vender pasteles?".

Mi viejo era el gerente de esa incipiente empresa pastelera: controlaba los gastos, conseguía el manjar a precio de costo (no sé cómo) y ofrecía los chilenitos en tiendas y mercados.

Cuando volvimos a Iquique, a fines del 81, seguimos con la pastelería, que poco a poco llegó a desarrollarse muy bien. Por ejemplo, me correspondía, como socio y ejecutivo, todas las mañanas, a primera hora ir a dejar una bandeja de pasteles al Mercado, donde un infame locatario compraba chilenitos todos los días, para venderlos en su puesto de jugos naturales. Recuerdo que seguía siempre el mismo trayecto, todas las mañanas, por calle Gorostiaga.

El mismo camino debía recorrer al mediodía para ir a mi escuela. En medio de la infausta caminata, bajo el inclemente sol del desierto, me topaba con mi hermano Camilo. Era el principal evento diario y el más emocionante: un solo y largo saludo con la mano en alto nos unía emocionados, desde que nos veíamos a los lejos y hasta que nos perdíamos de vista, él corriendo a la casa y yo camino al colegio. Nunca lo olvidé.

Tampoco olvidaré mi primera biblioteca. Escondía ordenadamente los libros en un pequeño aparador que había en la pieza que compartía con mis dos hermanos menores, en ese departamento del barrio El Morro. Había allí una colección inconclusa de libros de historia de la humanidad, contada al estilo de un cómic, a todo color y con ilustraciones sorprendentes, que me había comprado, capítulo por capítulo, la hija mayor de Don Julio Arriagada, mi amada tía Paty. También tenía una colección completa de Papeluchos y varios otros libros que mi viejo se llevaba sin pagar desde una tienda de libros usados que funcionaba en la Feria Persa de calle Vivar. Nos metíamos en los pasillos de ese increíble y oscuro negocio de libros, buscando cualquier cosa maravillosa y, cuando luego de casi una hora mi padre terminaba su recorrido, compraba un par de libros intrascendentes y me decía: “Ya, vamos, guatón”. Volvíamos a la casa caminado y de pronto, para calmar mi angustia y la pena de no tener otro libro más, sacaba desde su bolsillo algún encantador breviario o algún libro prodigioso, que me entregaba feliz para aumentar la colección de libros sustraídos.

De ahí viene seguramente mi gusto morboso por los libros, por tener libros y por guardarlos ordenados, en impoluta serie dentro de los estantes de mi pobreza. La historia antigua me fascinaba y tuve muchos libros de historia desde esa época.

Con pocas monedas en los bolsillos, mis padres apenas alcanzaban a mantener la casa, siempre con deudas, aunque nunca viví una real miseria, salvo en lo que toca a mi infinita necesidad de tener libros. Uno, en particular, me interesaba como nada: el “Cosmos”, un libro basado en la serie de Televisión del mismo nombre, transmitida a principios de los 80 por el canal 12, durante la “Franja Cultural” de los jueves. Tan maravillado quedé con esa serie, que cuando supe que existía un libro basado en ella, escrito por el mismo Carl Sagan que la protagonizaba, al entrar por casualidad en una tienda de libros nuevos, frente a la Plaza Prat, me llené de júbilo, alegría infinita que duró sólo el par de minutos que me tomó preguntar el precio. $8.500: una cifra exorbitante en ese entonces. Cuatro años estuve pidiéndole a mi padre lo mismo: “Cómprame el Cosmos”. Finalmente el entusiasmo se perdió, pero nunca lo olvidé.

Yo salía a vender los chilenitos en los edificios de la Remodelación El Morro. Salía en la tarde, con la misma bandeja plateada llena de pasteles, desde el departamento 402 del Block B-12 y recorría los edificios de cinco pisos que rodearon mi niñez hasta el año 87. Cuando lograba venderlos todos, volvía al departamento feliz y, para que mi vieja lo supiera, me golpeaba la cabeza con la bandeja, provocando un estruendoso zumbido de gong que mi madre oía desde el balcón. Se asomaba y me veía correr camino a la casa, con los bolsillos repletos de monedas de cien pesos.


Una clara tarde del 18 de octubre de 1986, volvía yo de la Academia y me encontré con mi viejo en la casa: “Guatón, no vamos a poder celebrar el cumpleaños, porque no hay plata, a menos que alcances a vender esos pasteles”. Con horror, descubrí que la “bandeja gong” estaba otra vez encima de la mesa; que sobre ella, como siempre, había una cubierta plateada; que adentro me esperaban varias bolsas llenas, cada una con cinco de esos blancos y deliciosos chilenitos –“cuarenta no más”, según el Gerente- y que debía salir a venderlos, para celebrar como correspondía mi vuelta número 14 al sol desde que nací. Triste y desconsolado, le di una patada a la puerta de la pieza y me tiré en la cama; me paré, en silencio; miré mis libros hermosos y me dije: “Ya, qué tanto”. Salí de la pieza para ir, resignado, a vender los pasteles. Llegué al comedor y, para calcular el tiempo que me tomaría la pega, pregunté “¿Cuantos son?” Nadie respondió. Levanté la tapa plateada y no pude contener un grito de asombro increíble: “¡EL COSMOS!".


Todavía tengo en mi casa ese libro que marcó mi vida. Lo he leído infinitas veces. De hecho, no estuve un segundo en la mesa de mi cumpleaños, sino sólo en la cama leyendo el libro. Mis papás, esa misma noche, salieron a un tambo que había en la sede del AGPIA y, cuando volvieron, a las 4 de la mañana, me encontraron despierto, mirando la Gran Mancha Roja del planeta Júpiter. ¡Una tormenta de 1000 años de antigüedad, dentro de la cual podría caber la tierra 10 veces! Nunca fui tan feliz, como esa noche.


Seguí vendiendo pasteles hasta el año en que salí del colegio. ¿Éramos realmente pobres? Mi padre se escondía de los cobradores que llegaban a la casa y no tuvo un trabajo estable sino hasta fines de la década, cuando fue contratado por una ONG que se dedicaba a coordinar la organización sindical de los pescadores de Tarapacá, o algo así. Por esa misma época, mi madre fue contratada como administradora de una Disco y de una hostería hermosa que quedaba cerca de la playa Primeras Piedras. Hasta entonces, la plata siempre escaseó y me avergonzó mucho la pobreza que creía vivir. Cuando mis compañeros de la Academia supieron que esos deliciosos chilenitos que comían durante los recreos, los llevaba yo al colegio por la mañana y los fabricaba mi madre, sólo quería ser tragado por el mar. Ahora estoy orgulloso de esa magnífica pobreza adolescente que nunca olvidaré y que era magnífica riqueza. Nunca fuimos realmente pobres. Pero yo creía vivir cada día una miseria que no era tal. Quién sabe.
Estudié prácticamente todos mis años de colegio en un establecimiento que entonces había sido recién fundado. Llevaba al principio el rimbombante nombre de “Academia Superior de Estudios Iquique”, pero luego de un quiebre entre sus sostenedores, fue rebautizado simplemente como Liceo Academia Iquique. Todos, sin embargo, lo conocieron siempre como “La Academia”. Del colegio demasiados buenos recuerdos no tengo. Salvo la vez que participé como invitado en un concurso francés de la canción juvenil. “L’air du Temps”, parece que se llamaba. Canté en el escenario del Liceo María Auxiliadora, una canción de Edith Piaff, con la voz clara y ferviente de mi niñez. Desde entonces, nunca dejé de cantar.


Con mi hermano hacíamos largas colas para subir al Experimental Baviera y a un cohete sesentero, que llevaba algo así como una docena de pasajeros, y que era parte de una feria de atracciones mecánicas que todos los inviernos se instalaba en la extensa explanaba abandonada donde alguna vez estuvo el Aeropuerto de Cavancha. Los que lograban entrar, veían bajo una pantalla, que pretendía ser la ventana del frente, al capitán de espaldas y delante de él un set de controles pintado brillando, y a través de ella, transparencia ficticia, el universo aventurero de un superastronauta. Nunca nos subimos. La fila para entrar era muy larga. "Toa' la hora que están ahí", decía un mariconcito que esperaba delante de nosotros.

La Delia vendía entradas en unos kioscos minúsculos, unas casuchas de lata, cuadrada, hecha de una suerte de calaminas. Desde cada esquina del kiosco, y hacia cuatro direcciones diagonales, colgaban unos cordeles con raras guirnaldas y un enchufe negro hasta el farol. Nos entregaba las entradas gratis para ciertos juegos. Era todo un secreto.

Había tenido un hijo con un carnicero. La Goga nos mandaba a hablar con él, para que le cambiara un cheque del Papi, que se pagaba con la pensión, a fin de mes. Con esa plata mi abuela mantenía la alegría familiar, el alcoholismo de sus prójimos y el suyo propio.

Si entraba a la cocina, preguntaba qué había de almuerzo. "Caca", respondía la Delia. "Pero, yaaa, puh", decía yo. "Qué hay de almueeeerzo, puh! Tengo hambre!"

-Levanta la pata y chúpate el fiambre.

Cuando salí de la cocina, me encontré con el Papi, que iba a su pieza. Siempre callado, siempre su lento caminar silente, huido de su propio silencio y queriendo decir tantas cosas.

En su pieza había un teléfono negro, cuyo ring provenía de un espacio inexistente, que yo imaginaba en un cerro, y que nunca pude responder.

Recuerdo el paseo que organizó La Academia al cerro Alto Molle, con el inalcanzable fin de ver claramente el cometa Halley, que nos visitó en marzo de 1986. No vi ningún maldito cometa y todo fue un soberano fiasco. Pero pasamos la noche en la pampa y cuando desperté, descubrí, para mi mal, que algo comido o bebido me había sentado pésimo y me revolcaba en la arena de dolor. Intenté disimularlo, me puse de pie y partí de vuelta a Iquique. A poco andar, me separé de la caravana de fracasados viajeros astronómicos y me fui siguiendo, desesperado, la cima del Cerro Dragón. Pero no aguanté y me cagué entero, triste y solo, de pie en el lomo del dragón cubierto de arena, sin dejar de caminar y mirando a lo lejos al grupo de dichosos compañeros que bajaban en fila india por la línea del antiguo tren del salitre. Cuando llegué a mi casa, mi vieja me preguntó si había pisado mierda. Guardé un respetuoso silencio y me metí al baño.

En 1990 entré a estudiar Derecho en la Universidad de Valparaíso. De esa época tengo aun menos recuerdos hermosos. Fue, derechamente, un período muy difícil en mi vida. Nunca me adapté a la vida universitaria y la gente de mi escuela me parecía, en su gran mayoría, sólo un grupo de fascistas insolentes y clasistas, varios de la peor calaña. Egresé en 1996, sin vocación, sin consuelo y sin amor.

Naturalmente, cagadas como la del cometa Halley me mandé siempre, durante toda mi vida. Incluso en esa época, siendo pasajero de la línea uno del metro, me cagué hasta los zapatos, cuando como un náufrago tonto huía de la casa de la Marcia, mi tía de Vitacura, que por enésima vez me daba generoso hospedaje. Esta vez, a fines de 1996, pasé tres meses allí, en inútil sabatismo inconcluso, justo después de egresar. Vivía en una pieza pequeña de madera que estaba al fondo del patio. Frente a la cama, había un retrato autografiado de cuerpo entero del General Pinochet vestido de gala. Cuando Valparaíso me llenó nuevamente el corazón abandonado y no aguanté más la soledad y la modorra, metí mi ropa en un bolso, tomé una vieja guitarra de madera que no sé a quien le sustraje alguna vez, me metí a la cocina y abrí el refrigerador. De allí saqué una botella de jugo de naranja y una caja de leche con chocolate. Me serví un vaso de jugo y lo bebí de un trago. Después llené el mismo vaso con la leche, me la tomé y partí. Tomé el metro en la estación Escuela Militar y cuando iba en Baquedano comencé a sentir los mismos retorcijones de la pampa. En Moneda no aguantaba más. Antes de llegar a la estación Los Héroes me rendí y volví a sentir ese conocido aroma de mis años mozos. Me bajé y, caminando por la vereda norte de la Alameda como caminan todos los recién cagados, llegué hasta el baño sin ducha que había en una farmacia cercana. Estuve una hora dentro tratando de lavarme. Finalmente, salí con ropa limpia, con mi bolso hediondo a caca, mi guitarra al hombro y mis bolsos, y partí a Valparaíso, donde me esperaba una nueva vida de rockero.

Sin ningún interés por terminar la carrera y dedicado plenamente a la música, formé parte de varios grupos de Rock en Valparaíso y Viña del Mar. Llegué a cantar sobre muchos escenarios importantes: en la sala de la Sociedad Nacional del Derecho de Autor, que estaba entonces en la calle Santa Filomena, de Bellavista. También canté en la Sebastiana y en el antiguo Cine Valparaíso, frente a la Plaza Victoria. Pisé varios otros históricos escenarios chilenos, con el sueño de convertirme en un cantautor famoso, o al menos en un poeta. Escribí muchas canciones en esa época, pero de música sabía poco. Soy zurdo y poco metódico, de modo que nunca aprendí bien a interpretar otro instrumento que no fuera mi voz, la armónica, el triángulo y las maracas.

Pudo haber sido ese quizá mi destino y, aunque me casé a fines del siglo pasado, no he dejado de escribir, ni de cantar, ni de leer, ni de soñar como lo hacía en la ballenera abandonada de mi niñez.

14 comentarios:

bajamar dijo...

Es bueno eso de no dejar de escribir, ni de cantar , ni de respirar...como se hacía cuando el cielo quedaba a la vuelta de la esquina y el olor de las cosas era intenso y nitido como el mar...Generación de los 70s y 80s crecimos rápido y con tanto alguien merodeando siempre en la inocencia...
Dificil esto de las autobigrafías, pero ha de ser útil para el co razón que no cesa en su latido curioso...

Parece que en los momentos significativos, de cambio o lo que sea, siempre nos cagamos, si no es literal, es de miedo :)

un saludo cucú :)

Anónimo dijo...

Gracias por compartirnos este evento tan hermoso que es tu vida.

Trilce dijo...

Primero felicidades!!

Que lindo debió ser vivir en esa casa....me gustaría saber más sensaciones de aquella estadía en 1999.

Refiriéndome a tu perfil...La soga y La quimera del oro son de los grandes clásicos que tengo en mi colección de dvd (me gusta también "Bella de día", "La ventana indiscreta","Casa blanca"...y muuuuuchas más).

Ahora me devuélvo a leer tu post para comentar.

Un abrazo!


Trilce.

Trilce dijo...

Leí todo....absolutamente cada una de tus palabras...emocionándome con el llanto de infante al descubrir lo del viejo pascuero....la emoción de recibir aquel libro oculto entre las bandejas y ahora cantando...dejando las leyes por el rock y con una vida de casado...que de seguro complementará aún más tu autobiografía.

Un abrazo.

jardinacuarela dijo...

Definitivamente donde mejor se relata la historia de mi vida, es en tu autobiografía no autorizada, título que, por lo demás, me pertenece, jeje. Lo bueno es que ya no debo escribir mis memorias. Primero, porque mi cabeza tiende a retener cosas sin importancia (pero que a la larga aportan enla contextualización). En segundo lugar, porque lo más significativo que ha ocurrido en mi vida ya está plasmado en este relato.

PD: Por fin la publicaste. Ya me parecía raro que no saliera en este blog. Era como una recopilación de Los Beatles sin Strawberry Fields Forever.

Cuculí Pop dijo...

Qué bonito!

Estoy contento.

Anónimo dijo...

Que lindos comentarios, todos ayudan a que cucú no deje de escribir.
gianella

bajamar dijo...

PINTA!!

Te di en el hombro, a ver qué inventas

un beso

Lis dijo...

un gusto conocerte, vendré con mi hsitoria a cuestas, con mis lluvias y mis soles, con las nubes y las letras a compartir tu historia, la de antes, la de hoy...

un abrazo

Paty dijo...

Que linda foto, bellos recuerdos, te quiero mucho.
Paty

DEN dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Adrisol dijo...

gracias por compartir tu verdadera historia, la que ha marcado a fuego tu personalidad, por supuesto!!!
la mejor manera de conocer el presente de alguien es mirar su pasado,porque así se entiende su presente.......
no vale llorar, porque ya pasó, pero sí trabajar el presente para poder forjar un buen futuro......

lo mejor para tí, querido amigo

Malva Marina dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Malva Marina dijo...

"La única verdad absoluta es que cuando naciste tú a los arboles le nacieron frutas" ♫

Alguien debería dedicarte un día esta canción

https://youtu.be/1Nr_tqkMsJs

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