18 de julio de 2006

LIII.- Un minuto de silencio


Rondó en un ámbito de sombras mudas
por el que nunca en realidad me obedeció.
Cuando lo traje -estoy seguro- a la casa
de madrugada, no era un niño criminal.

Nunca tuvo pareja ni mantuvo a sus hijos,
no tuvo prole ni trabajo y no celó.
Como si prófugo quisiera no ser visto,
se manejó como doméstico anormal.

Se alimentó de puras sales minerales
y se alojó felino dentro de sí.
Más pretendió ser colibrí sin alas
y picaflor sin ser, por cierto, colibrí.

Del perro, parco se ocultó además y, frío,
ni una palabra jamás le dirigió.
Un parricida de testículos vacíos,
fue su misterio tenebroso, sin piedad.

Por qué lo extraño, casi siempre y dormido,
si se condujo tan uraño como en todo sin fe?
De qué sirvió si al final ese ermitaño que, viejo
una mañana, allá lejos, su esqueleto se fue?

1 comentario:

Anónimo dijo...

Nunca dejas de escribir lindo niño solitario?

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