5 de enero de 2006

XVI.- Oculta Melodía Voluntad


Hay una conciencia juguetona,
libre y preguntona,
valiente,
que se vierte en abanicos felices,
cuadernos elegantes
y hojas grises,
o en el viento que cantamos en silencio,
todos divinos, todos buenos,
contentos.

Hay un ángel que me dicta cada surco,
entre las líneas que abandona mi lápiz.
El niño viejo, bueno y malo,
esperando.
Llorando yo, anciano nuevo
y volando.
Lo que en mi alma se ejecuta cantando.
Perverso fiel y bellamente feo.
Atento dulce y diferente:
puro deseo.

Ese loco que obedece a los duendes
y que ignora a aquel que todo lo enciende,
detrás de todas las verdades del tiempo,
vive lleno de palomas de agua,
cuidando a todas sus hermanas de nieve
y brilla como cuervo que se burla
imprudente que comete delicado,
sin embargo, divertidos errores.

Su fiel naturaleza musical
lo hace heredero de otro tuerto viejo,
aquel que ha muerto, el pobre tonto,
el zorro simple,
mi antepasado que ha leído y olvidado
el resultado de bandidos augurios,
y aquellos lentos chirigües presumidos,
como ese largo del pasado que oculta
al quinceañero que quizá -quién sabe-
es el efluvio de una fuerza buscadora
de palabras y caminos nuevos.

La paz divina de la muerte melodía,
que fue mi abuelo y su regreso mentiroso,
o un territorio mariluna luminosa:
la noctiluca del abierto mar,
toda desnuda, mariposa jugar.

¿Cómo puedo saberlo yo?
¿Quién no de niño no ha seguido su instinto?

Yo soy el beso suspendido y la marea!
Yo soy tu viento amanecido y hasta el fin,
hasta que sea!

Yo, feliz.

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